Sus noches

El Viejo tomaba su whisky de a sorbitos. Nunca se lo veía cuando vertía el líquido dorado en el vaso pero éste estaba siempre lleno hasta tres dedos debajo del borde, tres dedos exactos. El Viejo se pasaba la noche, o esa parte de la noche que gastaba en Las Delicias, dándole al escabio. Cuando se levantaba para ir hasta el piano llevaba el vaso en la mano. Cruzaba el salón con elegancia, acariciaba la mejilla de alguna de las chicas. Se sentaba y tocaba; y dentro de lo que se podía esperar de una audiencia como la de su suerte, digamos que al menos hubiera notado su ausencia, cosa improbable ya que no dejaba de venir en su Packard negro que estacionaba puntual a la vuelta, frente al hotel de Flora todos los viernes. Le gustaba el recorrido que iniciaba con las últimas luces del sol en el río y que lo llevaba por la Rambla hasta el parador de Ibañez al que escuchaba quejarse siempre de los mismos temas: la soledad, las puertas de la vejez que habían dejado de estar entornadas como para espiar por ellas para abrirse de par en par diciéndole ¡Bienvenido! Por último estaban los chiquilines que jugaban a la pelota en la playa y que según Ibañez eran una máquina de decir guarangadas y le quitaban clientela al lugar.
- Ché Ibañez no te estarás volviendo medio pelotudo nomás - le dijo en broma.
- Mirá Viejo dejate de hinchar, lo que te digo es así y no empecés a escorchar con tu discurso anarquista porque lo tengo de memoria ...
- Ché Ibañez dejá de quejarte que no me engañás. A estos pibes los ayudás más vos que sus familias. Peleás con ellos porque sos uno más. Tu sos un botija más. Es natural que te traten como a un igual. No veo porqué te ponés loco a mascullar como si te hubiesen echado del picadito - le dijo risueño.
-Chau Viejo.
-Au revoir Ibañez.

Depués se montaba en el coche. Conducía lento al punto de ligarse más de un bocinazo al que no daba la más mínima importancia. Llegaba a destino, estacionaba frente a lo de Flora y rodeaba la manzana para estirar las piernas que lo llevaban precisas a la puerta doble de Las Delicias.

El Viejo alquilaba una casita frente al río en el mismo barrio en el que había nacido y vivido con sus padres hasta que siendo un muchacho tuvo que irse huyendo de la ley. Cuando regresó ya era un hombre. Sus padres habían muerto. Tenía una hermana casada con un católico insoportable que se escapaba del marido una vez por semana para verlo y le había conseguido una señora de limpieza, también de visita hebdomadaria. En Las Delicias tocaba por la copas y por que le gustaba el perfume que dejaba el amor pago en el aire. Ese ambiente prostibulario lo sostenía en sus convicciones libertarias a las que nunca había por otra parte renunciado; por eso no se extrañaba de nada, comentaba poco y todos le tenían respeto. Su vida eran esas complicidades distantes, tácitas; poca confianza y relaciones fortuitas e intensas ... la soledad de su casa, las lecturas y el piano.

Su vuelta estuvo marcada por un incidente que aún hoy recordaba como vívido y aleccionador. Se había alojado en el hotel frente a la estación mientras conseguía una casita en el tranquilo barrio junto al río en el que había nacido. Un barrio de casas bajas y muchos árboles. Arboles de cien años, tipas gigantescas que cubrían las veredas de una alfombra amarilla todos los noviembres y que la brisa del río desparramaba en los jardines. Por aquel tiempo, se acuerda ahora por lo de las tipas que largaban esas gotas sobre los transeúntes y que a las chicas de la zona, románticas e ingenuas, se les hacían lágrimas; se acuerda de la muerte de Danielita que salió en todos los diarios, y que de romántica no tuvo nada. Recuerda a Robles turbado todo aquel verano contándole la historia una y otra vez.
La cosa es que para aquella época se jugó, venciendo algún escrúpulo ácrata con dudosa dialéctica, y se hizo de una cantidad de dinero suficiente para vivir tranquilo. Traficando documentación falsa, pasaportes impecables que permitían pasar sin sospecha por migraciones a los delincuentes que huyendo del crimen cometido en otra parte, en otra orilla, se guardaban un tiempo acá y salían como panchos por su casa a disfrutar el botín en el Brasil o en Europa. Se acuerda también de ella, sobretodo de ella, de Poupée recogiéndo la florcita dulzona, pequeña en la mano blanquísima; ella, que se le enredaba en la nuca y le susurraba promesas al oído a la luz de la luna.

Poupée ahora estaba casada. Era una señora respetable, la señora Irene de Bosch, con dos nenas preciosas, dueña de una casa de modas. El la quería con locura. Ella lo engañaba con Robles, su amigo que venía del quilombo con la Nilda que celosa había acabado de una puñalada con la vida de Danielita que apenas comenzaba. Así que se abrió. No la volvió a ver más. Ella luego dejó a Robles, a quien ya decían en secreto el viudo, y el Viejo comprendió que la pasión dura lo que dura, y que mejor tener un buen canuto para no depender de nadie. Le metió con los pasaportes, se alquiló la casita del río, donde llevó un piano, y se compro el Packard.

Algunas noches sale a buscar un poco de amor y una botella. Y ve el rostro de ella, de Poupée, en el de la mujer que gime ocasional bajo su peso mientras la brisa del río que se cuela por la ventana le acaricia la espalda.