Donde no hay que decir nada

Y hablamos sin aún habernos visto el rostro casi toda la madrugada. Yo en mi cama. Vos según me dijiste en un sillón. Desencuentros horarios y al fin desde el balcón vi el taxi, que te traía por primera vez a casa, doblar la esquina. Encendí la pantallita que encuadraba la entrada del edificio y el coche amarillo y negro detenido. Bajé antes que sonara el timbre. Charlabas con el chofer. Te extendí el billete impecable de veinte pesos a través de la ventanilla y no contesté el hola demasiado invasor del rubio al volante.
Ahora es mediodía, mis sábanas te rodean y en el cuarto que sobrevivió a la noche, siempre sobrevive, te miro y tu ojo de costado me espía y me quita rápido de foco. Aún desconocido e intenso el rugido que te invadió las médulas.
Te quiero baby.
Te estirás lentamente y te sentás en la esquina de la cama. Estás de espalda, te ponés la ropa, agarrás tu bolsita (tu yo) y sin palabras te metés en el baño. Salís del baño. Dejás la bolsita en la base del perchero de roble. Te sentás en mi sillón junto a la ventana. Mirás los árboles mientras escribo. Controlás tu celular (más de tu yo) ... pero todavía te tengo.
¿Habrá más allá de este momento?
Mi coco ya planeó mucho.
Porque el amor termina cuando principia.